Una crítica común a la Medicina Basada en la Ciencia es la falacia de Galileo: Galileo no hubiese descubierto nuevas fronteras en física si no se hubiese atrevido a romper con las premisas establecidas. Por eso, es importante investigar si la homeopatía o el reiki funcionan. La forma de avanzar es tener la mente abierta. Otra crítica menos absurda, también relacionada con el uso del conocimiento científico previo, hace referencia a la subjetividad. La evaluación del conocimiento es, hasta cierto punto, subjetiva. Dos investigadores pueden tener discrepancias legítimas sobre la probabilidad de que una hipótesis sea cierta, por ejemplo la probabilidad de que un medicamento funcione. De estas dos cuestiones trata esta continuación a la entrada sobre la Medicina Basada en la Ciencia.

La falacia de Galileo

Es común que los defensores de las pseudoterapias hagan la siguiente crítica. Si nos negamos a evaluar tratamientos no respaldados por la medicina oficial, nos negamos la posibilidad a aprender cosas inesperadas y valiosas. La medicina oficial no esperaba que la úlcera se debiese a una infección, los médicos insistían en culpar al estrés de los pacientes. Si a Galileo no se le hubiese permitido hacer experimentos, nunca se habría podido comprobar que la Tierra gira alrededor del Sol. En esto consiste la falacia de Galileo.

Galileo no iría al homeópata

Podría parecer que estas críticas tienen algo de sentido. Nuestro conocimiento actual dirige qué hipótesis vamos a explorar. Puede que tengamos descubrimientos maravillosos esperándonos en la punta de los dedos, pero que nuestra imaginación, o una prudencia exagerada, nos impidan plantear los experimentos necesarios. Pero, ¿es cierto que si sólo evaluamos lo esperable no aprenderemos lo inesperado? No.

Galileo hizo los experimentos pertinentes, pero no los hizo por probar a tontas y a locas. Cuando los hizo no esperaba un resultado inesperado. Muy al contrario, estaba prácticamente seguro de lo que iba a observar y el cosmos no le sorprendió. Proponer que la Tierra se movía no era una osadía. Aristarco ya lo había propuesto hacía casi 2000 años y lo había hecho, como lo hizo Copérnico, basándose en unas evidencias claras, el movimiento de los otros planetas. La genialidad de Galileo no consistió en tirarse a la piscina, sino en insistir que la ciencia es un conjunto de conocimientos integrado y que áreas distintas, como el disparo de los cañones y la astronomía, no pueden obedecer a principios profundos contradictorios.

Paul M. Dirac

Un cosmos, unas reglas. No hay ramas del conocimiento aisladas.

Esta unidad del conocimiento es una fuente inagotable de conocimientos inesperados. Lo que en un área de la ciencia es esperable, en otra puede ser radicalmente inesperado. En medicina tenemos numerosos ejemplos. Paul Dirac, un físico amante de la sencillez y la belleza matemática, integró a principios de siglo XX la mecánica cuántica y la relatividad especial. La física de lo muy pequeño y de lo muy rápido. Una tarea titánica que logró resolver basándose en la integración de los principios profundos de dos las dos físicas. Su propuesta, en 1928, que la simetría profunda de sus matemáticas predecía la existencia de la antimateria. Una conclusión que se materializó sólo 4 años después en un experimento y que se utiliza actualmente en un procedimiento diagnóstico habitual, la Tomografía por Emisión de Positrones. Si a un médico le hubiesen pedido seleccionar un proyecto de investigación con visos de acabar teniendo una aplicación práctica, jamás se le habría ocurrido apostar por Dirac. Su proyecto se basaba en físicas extrañas, en el principio de indeterminación y en gemelos que viajan a distinta velocidad en el tiempo. Además, Dirac era un físico taciturno y extraño que tenía fama limitarse a conversar diciendo una palabra por hora. Se dice que cuando Dirac se encontró con Richard Feynman en una conferencia, después de un largo silencio, simplemente dijo: “Tengo una ecuación, ¿tienes otra?”

PET Scan

La ciencia fundamental crea aplicaciones inesperadas

La ciencia más abstrusa y básica acaba, habitualmente, por ser la fuente de las aplicaciones que mueven nuestro mundo. La curiosidad, unida a una rigurosidad despiadada, nos descubren nuevas regiones del Cosmos y nuevas tecnologías aplicadas. La electrónica surgió de la mecánica cuántica, la web de la física de partículas, la seguridad en internet de la teoría de los números y los propios ordenadores del estudio matemático de las bases de la lógica. Pretender financiar solamente la ciencia aplicada, demuestra una ceguera de terribles consecuencias para el futuro.

Otra fuente de conocimiento inesperado es la pesca. Los científicos muchas veces van de pesca, en vez de hacer experimentos planeados para evaluar una hipótesis concreta, hacen experimentos sin hipótesis previas para ver qué acaba sucediendo, qué hipótesis acaba picando. Estos tiros a ciegas tienen la ventaja de no depender de nuestras hipótesis previas. El problema es que hay que ser cautos pescando porque la estadística de los grandes números nos puede confundir. Las nuevas hipótesis generadas deben someterse siempre a la evaluación en nuevos experimentos rigurosos, de modo que puedan mostrar su valía real.

Pesca con red

Pero volvamos a las ideas inesperadas. Ya hemos visto que no todas las hipótesis son igual de probables y esto se convierte en una tensión que define la carrera de todos los científicos. Uno puede elegir apostar por el caballo ganador, estudiando sólo hipótesis que todo el mundo espera que sean ciertas, o apuntar al cielo y apostar por hipótesis arriesgadas. Demostrar algo esperado no tendrá un gran reconocimiento, pero las apuestas arriesgadas acaban, en demasiados casos, en fracaso. Cuando más riesgos asumamos, más fácil es que acabemos por desperdiciar los recursos, y la ciencia no es barata, pero si no arriesgamos será mucho lo que perderemos. Cada científico, dependiendo de su personalidad, de su historia y de sus circunstancias, se enfrenta diariamente a esta tensión y cada uno la resuelve de un modo. Barry Marshall apostó, con su propia salud, por H. pylori como causante de la úlcera de estómago. Fue capaz de ver una posibilidad que nadie antes había visto y consiguió evidencias claras que demostraban su hipótesis.

El tratamiento que no existe no puede funcionar

Independientemente de nuestra tendencia a asumir riesgos, lo que no podemos hacer es empeñarnos en desperdiciar recursos públicos en evaluar una y otra vez hipótesis imposibles. No podemos jugárnosla en loterías que no pueden salir, al menos no con el dinero público. Apostar por un tratamiento basado en no administrar ni una sola molécula es como confiar nuestra curación a médicos fantasma.

Conocimiento previo y subjetividad

En ciencia ignorar el conocimiento previo no es una opción, pero la evaluación de este conocimiento es, hasta cierto punto, subjetiva. Esta es la crítica más frecuente al razonamiento bayesiano que introdujimos en la entrada sobre Medicina Basada en Ciencia.

Yo puedo pensar que la homeopatía es imposible porque si no hay moléculas no puede haber efecto, pero tú puedes pensar que las vibraciones del agua pueden tener recuerdos. Distintas personas juzgarán el conocimiento previo de distinto modo. Esta subjetividad hace que muchos huyan de la aproximación bayesiana.

El consenso absoluto es inalcanzable, sólo podemos aspirar a un consenso razonable

El problema es que aunque esta crítica es irrefutable, no es menos cierto que es inevitable y que no es exclusiva del razonamiento bayesiano, sino de cualquier razonamiento. Si no tenemos en cuenta el conocimiento previo, nunca podremos aprender nada, puesto que el nuevo conocimiento dependerá, necesariamente, de las nuevas evidencias y del conocimiento anterior. Intentar ignorar este problema simplemente lo esconde debajo de la alfombra. La alternativa a no evaluar el conocimiento previo es no usarlo, volver siempre a la casilla de salida, a lo que Tales de Mileto sabía del Cosmos hace 2600 años. Si os interesa leer discusiones más técnicas os recomiendo que leáis sobre la falacia del P-valor y sobre las defensas y las críticas a la inferencia bayesiana.

Ser conscientes de la dependencia del método científico del conocimiento previo, nos obliga a esforzarnos en evaluar este conocimiento de un modo lo más objetivo y riguroso posible. Además, nos exige explicar claramente porqué hemos considerado ciertos estudios anteriores o por qué hemos ignorado otros. Puede que incluso, aun tras hacer este esfuerzo sigan habiendo diferencias de opinión entre distintos investigadores; pero, al menos, sus diferencias serán explícitas y estarán sujetas al escrutinio público. En el peor de los casos, la aproximación bayesiana hará explícito el problema.

Además, incluso aunque persistan las diferencias de opinión, no todo está perdido, dado que lo que sí podemos hacer es evaluar objetivamente las nuevas evidencias que vamos a ir acumulando. Esto hará que, con el tiempo, las posturas que inicialmente no coincidían se vayan aproximando a medida que vayamos aprendiendo de las nuevas evidencias. Por supuesto, para que esto funcione, debemos evaluar las evidencias de un modo imparcial, independiente de nuestros intereses e ideas previas. Si nos empeñamos en ignorar las evidencias que nos contradicen y utilizar sólo las que nos apoyan, nunca llegaremos a tener conocimiento, nos quedaremos en mera opinión.

2 comentarios en “Galileo no jugaba a los dados

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